Cura de literatura: 48 plantas
La verdad es un concepto bastante subjetivo para todos, Amanda se daba cuenta al mirar a su alrededor y tenía la capacidad – extraña – de expresarlo. La verdad está asociada a valores como la integridad o la honestidad, cuando en realidad puede ser el arma de destrucción más masiva que la humanidad ha conocido. ¿Que la verdad nos hará libres? Le daban ganas de reír. Amanda
estaba en un furgón, levitando de camino a las Oficinas Primordiales del Buen Juicio por culpa de la verdad. La verdad iba a matarla.
Este mundo en el que habitamos no es un mundo digno. Para empezar con algo banal, por ejemplo, todos vestimos iguales y nos creemos que es por voluntad propia. ¿Voluntad propia? Claro, el Decreto número 27 de la Buena Ciudadanía y Convivencia, que prohibió a las empresas utilizar tintas que no fueran el azul para sus prendas porque eran «altamente tóxicas para el cuerpo y la salud mental de los ciudadanos», norma que se aprobó con el beneplácito del único partido de la oposición, fue algo aplaudido. Se iban a salvar millones de árboles gracias a esa acción, decían unos. Vamos a conseguir reducir los suicidios por depresión hasta en un 60%, decían otros. Y mientras, Amanda iba en un furgón levitando camino a la muerte. Por la verdad.
Y es que la humanidad, después de sobrevivir 1000 años al último desastre nuclear que aniquiló toda forma de vida en Asia, solo había conseguido empeorar. Habían sobrevivido, sí. Pero en una forma de vida completa y totalmente alienada. Solo Amanda tenía valor de decir eso a voz en grito cuando se exasperaba, aunque todos lo pensaran. Y por eso Amanda… En fin, ya sabéis.
¿Queréis de verdad que os cuente qué ha pasado para que Amanda esté en esta situación? Bien, lo intentaré. Ya sabéis que hace tiempo se prohibió a la ciudadanía usar la escritura tradicional, con letras, para algo que no supusiera un documento oficial, hasta que toda la población se hubiese aprendido el nuevo alfabeto de signos prácticos que va a sustituir definitivamente lo que conocemos
aún como letras. Si no recuerdo mal, fue el Decreto número 15 de la Corrección de Errores Pasados por el Bien de la Humanidad. ¿O fue el número 5? Tanto nos da, el caso es que después del 15, o de 5, vino el 16 o el 6 que requería que todo el mundo dejase de emplear expresiones románticas, literarias, emotivas y, en fin, que reflejasen sentimientos descontrolados incluso en el lenguaje eventual. Si quieres transmitirle a alguien tu cariño, por ejemplo, debes hacerlo a través de tu reloj intercomunicador mandando un Double Touch, ya sabes, un «me gusta». Y luego, le hablas tan normal de qué ración le ha tocado hoy en el almuerzo o lo eficiente que parece su Suéter Estándar 3. Hasta aquí todo comprendido, más o menos ¿verdad?
Bien, ahora debes saber que Amanda ha sido siempre una humana excéntrica. Le preguntaba cosas a su madre, ¡imagínate! Mientras que otros niños caminaban en la fila en su puesto asignado hasta la puerta del Centro Educacional Cívico, ella se levantaba la visera y miraba al cielo y le preguntaba a su madre qué es esto o aquello. Se salía de la fila y pegaba la cara a los escaparates de LED promocionales del Gobierno. Su madre intentaba que se callase, que no llamase la atención, pero su expediente quedó marcado prácticamente desde que tenía 5 años cuando le dijo a su madre, ¡en público! que no le gustaba el sucedáneo de guisantes. Y todo el mundo sabe que a los niños les encanta porque está muy, muy dulce. La cuestión es que desde que ese momento se marcó en su expediente ha estado muy vigilada por los Observadores, y cualquier incidente posterior ha sido perseguido con más agudeza. Por ejemplo, aquella vez que rompió sus pantalones largos a medio muslo porque decía que hacía mucho calor. Entre su casa y su puesto oficial de trabajo hay apenas 10 minutos de paseo, ¿sabes? Y estaban esperándola a la entrada para escoltarla a las Oficinas Primordiales del Buen Juicio directamente, sin darle oportunidad a rectificar. Obviamente, al ser la primera vez que lo hacía, fue solo una sanción leve, unas cuantas sacudidas
eléctricas y a casa. Pero eso es solo una muestra.
– Señor, no me interesa, ¿me dice de una vez a qué piso va? Me va a meter en un lío…
– Sí, por supuesto, perdón. Planta 48, puerta 24, no pensaba tener que volver aquí de nuevo. Estoy nervioso, disculpe.
Frances miró al frente y le sostuvo la mirada a su reflejo. Impoluto Peinado Normativo 1, hacia atrás con la frente despejada. Chaqueta Blanca 3, Camiseta Azul Normativa 1, Pantalón de Pinza Normativo 1 en color blanco y las Deportivas Normativas 1 en blanco también. Un aspecto impolutamente normativo. Su expresión transmitía cero sentimientos, tal y como le habían enseñado en su Centro Educacional Cívico. Amanda odiaba esa expresión, a veces creía que le odiaba a él a pesar de los muchos Double Touches que recibía de ella. Y de otras cosas que decía y le avergonzaban y los ponían en peligro a los dos. Estaba muy nervioso.
El elevador saltó levemente y las puertas comenzaron a abrirse tras el agradable pitido que indicaba que habían llegado a la planta indicada.
– Feliz día, ciudadano. – se despidió del empleado y salió del elevador. El pasillo frente a él era largo, blanco, tan aséptico que apenas se distinguía dónde comenzaba la pared y terminaba el suelo. Tampoco se distinguían las puertas en los laterales desde donde Frances estaba, pero él sabía que, al avanzar, vería números en LED que indicaban el número de la sala que se trataba. Respiró brevemente y echó a andar con Ritmo 1, para que no se le notaran los nervios a los Sabios Magistrales que sabía que le observaban llegar. Siempre había sido el mejor de su clase en llevar los Ritmos Oficiales de caminar y en justificar su uso ante los formadores. Era un don natural. A su izquierda, la puerta 24. Se aproximó y se detuvo delante del apenas perceptible marco. Sobre la puerta brillaba en tonos azules el número 24 y producía sobre su piel un efecto extraño, como de muerte, como de sala de autopsias. Suerte que Frances no podía verse a sí mismo en ese momento.
La puerta, corredera, se abrió repentinamente hacia la derecha dejante ante él una sala igual de aséptica que el pasillo del que venía, pero con los mismos reflejos azules inquietantes de luces LED invisibles, escondidas en falsas molduras en la unión del techo y las paredes, y también bajo la mesa larga que estaba frente a la puerta, donde seguía Frances, al fondo de la sala. A la mesa,
sentados, cinco Sabios Magistrales de impoluto blanco y Peinado Magistrado (cabeza rapada en lenguaje antiguo) le esperaban. Llevaban, como siempre, mascarillas.
Por encima y por detrás de ellos, en un cubo de plástico transparente insertado en la pared, estaba Amanda en la Silla de Espera. Las manos atadas a los brazos de la silla, la mascarilla de oxígeno y anestesia sobre la boca, desnuda, Peinado de Castigo (moño alto en lenguaje antiguo). Intentó sobreponerse a la imagen, pero era consciente de que durante un segundo fue visible la congoja,
la tristeza y el miedo en su expresión. Y los Sabios Magistrales lo habían visto, porque ellos lo ven todo.
– Frances 187, deténgase ahí, es suficiente.
No supo que Sabio Magistral había hablado, pero cumplió porque hablaban como uno solo y toda la autoridad era de ellos.
– Frances 187, ha sido convocado por estos Sabios Magistrales para colaborar en el caso de investigación Justa y Equitativa de Amanda 505, presente en esta sala respetando su derecho a presenciar su propio proceso.
Subió su mirada medio segundo hacia el cubo y a su mente acudió un pensamiento más propio de Amanda que de él mismo. ¿Eso era un derecho? ¿De verdad estaba Amanda presente estando medio dormida?
– Frances 187, estos Sabios Magistrales le exigen, bajo pena de castigo a valorar, que utilice únicamente la verdad en sus declaraciones porque, de lo contrario, será castigado con una pena a valorar. ¿Lo entiende?
Repetir las amenazas, punto número uno del código de comunicaciones del Gobierno. Porque el ciudadano no es lo suficientemente inteligente para entenderlo al decirlo una única vez.
– Lo entiendo.
– Amanda 505 está acusada de proferir expresiones vergonzantes sobre sentimientos en un tono de voz no autorizado por el Gobierno y, además, proferir otras expresiones vergonzantes cuando Observadores Callejeros trataron de silenciarla con los métodos de enseñanza reglados. Nos gustaría escuchar su defensa, Frances 187.
-Gracias, Sabios Magistrales. Los hechos, que sucedieron hace una semana, se deben sin duda a una alegría inesperada por parte de Amanda 505 que…
– Una alegría es aún más motivo de castigo, Frances 187, gracias por añadir este agravante a la lista.
Frances tragó saliva. No lo había ensayado así, había estudiado el código la noche anterior. Respiró levemente de nuevo, para evitar que se escuchara y retomó su discurso.
– Amanda estaba siendo informada de que cumplía con su Deber Femenino 1…
– Amanda 505, exprésese de forma adecuada o será expulsado de la sala y castigado.
– Si, perdón, Amanda 505 estaba siendo informada de que cumplía con su Deber Femenino 1 y, en este caso, no fue capaz de controlar sus impulsos por las hormonas, porque no ha sido aún educada en esta parte. Pero sus clases de Reconducción Cívica iban muy bien, su monitora decía que cada vez debía emplear menos castigos y no se había saltado ningunas clase desde hacía más
de dos meses.
– Frances 187, gracias por el testimonio. Nuestro veredicto es mantener en estado comatoso a la delincuente hasta que la gestación del nuevo ciudadano haya terminado. Entonces, se le aplicará el castigo completo que merecen sus repetidos actos y será expulsada definitivamente de la Ciudadanía.
– No pueden hacer ustedes eso, solo fue una pequeña expresión, solo dijo que no había nada que la hiciera más feliz, quizá levantó un poco la voz pero Amanda…
– Nos tememos que ha estado usted demasiado influenciado por un comportamiento excesivamente aberrante y está intoxicado. Será usted internado en un Centro de Reconducción Cívica. Cuando se decida que está en condiciones se regresar a la Ciudadanía, se le asignará otra Compañera Vital para reproducirse.
Frances apenas notó cómo dos androides lo levantaban en volandas por las axilas. No lo notó porque fijó de nuevo los ojos en los iris azules, verdes, marrones y grises de Amanda, la chica que lo había sacado de su comportamiento intachable, la que le descubrió el orgasmo cuando le dijo que no se tomara la Dosis Diaria, la que le había susurrado te amo. Frances vio un atisbo de sonrisa, a pesar de la distancia, la altura y la mascarilla, antes de que la puerta se cerrara en sus narices. Sabía que no la volvería a ver, y que él olvidaría lo que era eso que sentía.
Una lágrima cayó al impoluto suelo, ya estaba siendo limpiada por un robot antes de que Frances llegara, de nuevo, al ascensor.
Relato escrito por Marta Lanzas presentado a Relato48, un concurso de redacción literaria impulsado por la editorial Ex Libric y Cálamo&Cran. Ilustración de Sandriwi López.