Cura de literatura: Historias con R de Reales
Renacimiento
Cada relación que establecemos nos convierte en las personas que somos: porque en el fondo, ¿qué somos si no la suma de las personalidades que desarrollamos en cada ámbito, con cada persona que, de forma temporal o permanente, pasa por nuestras vidas?
En el caso de las relaciones intergeneracionales la evolución es mucho más rica, porque al conocer, querer, respetar, admirar o, simplemente observar con atención a las personas de grupos de edad que no son los nuestros, no es ya que maduremos, es que nos reavivamos: RENACEMOS.
La edad no es sólo un grado, como se dice: la edad es un tesoro cuyas piezas van cambiando, pero nunca dejan de ser preciosas. La edad, cada edad, nos da una visión única que nunca, ni antes de alcanzarla, ni después de superarla, volvemos a tener. Y trabajar con personas de todas las edades nos hace, en parte, inmortales.
Reinvención
Después de haber estado horas con una cara sobrepuesta a la tuya propia, te sientes liberado mientras te la van despegando de tu propia piel. ¿Cuándo he dejado de ser yo mismo? ¿Acaso he dejado de serlo en algún momento? ¿Es mi yo profesional una fuerza opuesta a mi yo real?
Cuando estoy en esas situaciones, inmerso de lleno en un ejercicio de abstracción de mi mismo, no sabría decir si estoy actuando o si estoy más bien poseído por la personalidad y sentimientos de mi personaje. Me siento irreal en mí mismo y fundamentado en material intangible.
Soy yo mientras estoy con mi familia, con mis amigos, en mi tiempo libre y desconectado de la rutina de mi interpretación. Pero también soy yo, aunque otro yo, el que está bajo toda esa capa de maquillaje, de luces y detrás de las lentes. ¿Cuál es el papel y cuál la realidad? A veces nos olvidamos de lo importante que es cuidar de nuestros yoes, de todos ellos, para poder cuidar también de los otros yoes que son ajenos a mi. Y, todos ellos, significan mucho en nuestras vidas.
Resultado
¿Sabes qué soy? Soy, en abstracto, una suma. O, si lo prefieres, una receta, que igual me explico así mejor.
Tengo una parte de mis propios conocimientos, adquiridos con el estudio y la implicación en la disciplina que me gusta y a la que me dedico.
A eso le voy añadiendo partes, de momento llevo dos, de experiencia y bagaje en el sector en el que me muevo. De rodaje, charlas, reuniones, decepciones y éxitos. Cuanto más me muevo, más partes añado. Es como el queso, que nunca sobra.
Le tenemos que sumar a la mezcla, por supuesto, una parte y media de la propia personalidad, sentido de la lógica y comportamiento propios. Eso ya viene dado en cada cual, y en esta fórmula magistral puede funcionar que pongas dos partes y media o que pongas solo una parte. Lo que está claro es que no va a faltar.
Y ahora vamos con las pizcas. Una que no puede faltar es la de coraje, que es la que impulsa la emulsión. Luego tenemos otras, como el optimismo, la sinceridad, la paciencia o la confianza que nos dan una textura propia más real.
No te preocupes si al principio el trago sabe un poco amargo, porque a la larga te acostumbras y empiezas a notar los matices que te diferencian de los demás, te hacen especial.
Y suerte, cariño, seguro que vas a bordar esa reunión. Tienes todos los ingredientes que hacen falta en tu propia marca, y en esta receta los nervios son necesarios. Te dejo, que sigo rodando. Luego hablamos.
Resistencia
Dado que lo opuesto a resistir es desistir, en realidad no tiene ningún mérito eso de aguantar el tipo. No por nada sino porque, veréis, desistir es así como un poco deprimente. Además de que no nos lleva por buenos caminos, ni mentales, ni anímicos. Y encima hay que trabajar esos sentimientos en terapia, y, ufff, en fin: un follón. Así que, en fin, claramente, la resistencia es el único camino posible.
Y al final resiste quien persiste, que es quien llega a ganar la batalla. Porque si hablamos de ti, de mi, y de las diferencias que nos separan tenemos entre manos un arma muy volátil. Podemos estar peleando mano a mano, o uno frente al otro. ¿Mejor la primera opción, no? Que al final, resistirse al progreso -que parece mentira que sigamos ahí, pero ahí seguimos en parte-, ¿no es más o menos lo mismo que desistir de ser una sociedad funcional?
La parte por el todo ya no nos representa. No hay más opción que resistir, y hacer de la resistencia la única existencia posible.
Rivalidad
Grito porque estoy frustrada. Estoy gritando porque intento llegar hasta ti pero me encuentro un muro de incomprensión. Sé que no debería, que se espera de mí una mejor y más correcta gestión de las emociones, pero no me siento capaz. Porque estoy hablando y no te llega.
Y es cuando pienso ¿y si la frustración está mal enfocada? Quizás son mis propios gritos los que me impiden escuchar lo que tú me estás diciendo. Puede que sea mi propio volumen el que forma una barrera infranqueable entre mis palabras y tu cabeza, y entre tus palabras y la mía. Y por eso no nos estamos entendiendo.
¿Estoy siendo, acaso, yo misma mi rival más acérrimo? Respiro. Debo ofrecer lo que espero de vuelta. Me paro a escuchar, veo que nuestros puntos de vista están más próximos de lo que parece, me calmo. Suerte que esto es solo una escena, porque ¿te imaginas tener que gestionar todo esto en la vida real?
Reto
Me he batido en duelo conmigo misma. Porque no podía hacer otra cosa. ¿Quién si no iba a querer unirse a levantarse al alba para apuntar su arma contra mi tras dar los diez pasos reglamentarios en dirección opuesta a la que yo marcho? ¿Y con qué propósito, además? Si al final a la que tenía que vencer era a mi misma, ¿para qué iba a meter a otra persona en mi ajo metafórico?
Así que, eso he hecho. Me he batido en duelo conmigo misma.
Me he levantado a oscuras, he cogido un guante metafórico, me he abofeteado con él en señal de ofensa, me he ofendido, me he retado a un duelo, he escogido mi arma de elección (el teléfono), he dado diez pasos en la dirección opuesta a la que llevaba meses dirigiéndome (la inacción), me he dado la vuelta, he disparado y ¡PUM! Aquí estoy. Esperando a que me entrevisten para el trabajo de mis sueños.
Si no me llego a retar, igual seguía en la cama, quejándome de lo mal que me va la vida.